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Jánico

“El bebé holandés” (Relato)

Lincoln López.

Aquella tranquila mañana de septiembre, el pito de La Tabacalera anunciaba las siete puntualmente. Cuatro escolares caminábamos hacia nuestras respectivas escuelas en nuestro primer día de clases, en un lejano lunes perdido en la adolescencia.

En cierto momento, A. A. me señaló prudentemente desde nuestra acera opuesta, al joven que estaba en la galería de su casa, y me susurró: “Ese es el bebé holandés”. Solamente había oído hablar de él pero, por su fisonomía, obviamente era el joven cuyo sobrenombre le había perdurado más allá del albor de la pequeñez.

Su apodo lo retrataba. Lo había ganado en “buena lid”  porque sus rasgos eran muy similares a los de aquel niño cuya figura, real o imaginaria, estaba impresa en unas latas de leche en polvo de limitada comercialización en esa época. Recuerdo esa bella criatura de color blanco-rosado,  pelo rubio cargada por una nodriza.

Nunca olvidé al unigénito: P. N. Lo percibí igual en las etapas de su vida: 20…30… hasta los 40 y tantos años. Aburrido. Grandulón. Holgazán. Correcto. Callado. Carente de pasiones. Lo más cercano al concepto de anodino. Siempre soltero. No participó en las actividades propias de su generación: universitarias, festivas, deportivas, religiosas, políticas…

Santiaguero de pura cepa. Hijo de don Fulano y doña Fulana. Personas reputadas de buenas y honorables. Qué vivía en tal casa victoriana, Pero, y, ¿quién era ese ser dentro de su ser?. Nunca lo sabré. Solo sé que lo vi una única y sin saberlo, última tarde, cuando atravesaba el parque Duarte a los habituales ensayos de teatro en el otrora edificio de Bellas Artes, hoy sede del Arzobispado. Si. Lo recuerdo:

Insólito su desparpajo. Inaudita su harapienta vestimenta. Lo sorprendente de su canto. Lo inimaginable: tenía una botella de ron en sus manos, y, bebía. Reduje mi andar, lo vi y seguí mi camino. Luego, desapareció para siempre. En vano indagué allá y acullá…

Mis apreciados J. H. y J. M. en uno de nuestros edificantes encuentros, recordamos a ese extraño personaje. Al evocarlo, lo enlazo con la obra La Tragedia Hamlet (1603) de William Shakespeare, cuando el personaje atormentado de Hamlet, expresa en su soliloquio:

“Ser o no ser, ésa es la cuestión. Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia?” (. Fragmento. Acto III. Escena I).

¿Otra Ofelia ahogada en el río Yaque?. Insondable. La duda existencial y la indecisión aparece en algún momento de la vida humana. Uno es famoso en la dramaturgia universal con calavera en mano; el otro no, por ser un desconocido episodio santiaguero con una botella de ron.

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