La puerta se abrió sin estridencias. No hubo discursos largos ni gestos grandilocuentes. Solo una figura que cruzó el umbral del Centro de Corrección y Rehabilitación Najayo-Hombres y, de pronto, volvió a estar del otro lado. Mario José Redondo Llenas es libre. Treinta años después.
Afuera lo esperaban las cámaras, los micrófonos… y también las preguntas que nunca se fueron.
Él, sin embargo, eligió la contención.
“Un día a la vez”, dijo. Y repitió la frase como si fuera una brújula. No habló de planes. No habló de futuro en términos concretos. Más bien, dejó claro que su proyecto de vida, por ahora, cabe en esa idea sencilla, casi mínima, pero cargada de sentido después de tres décadas tras las rejas.
El momento más tenso llegó rápido. Era inevitable.
Los periodistas volvieron sobre lo mismo que durante años ha rondado el caso: el motivo del crimen. ¿Fue económico? ¿Hubo algo más, como aquellas versiones que hablaban de rituales? Redondo no entró en ese terreno.
“Esa pregunta me la han hecho 500 veces”, respondió, con una mezcla de cansancio y firmeza. Propuso, eso sí, abordarlo en otro espacio, con apoyo profesional, en condiciones que permitan —según dijo— una reflexión más profunda. No ahora. No así.
Y es que su salida no vino acompañada de explicaciones nuevas. Tampoco de detalles inéditos.
Cuando se le preguntó si todos los implicados cumplieron sus condenas, su respuesta fue breve, casi cerrada: “Yo te respondí lo que entiendo debo responder”. Una línea que, en el fondo, marca el límite de lo que está dispuesto a compartir en público.
Sobre lo inmediato, la respuesta fue igual de austera.
Nada de agendas. Nada de anuncios.
“Lo que haga hoy se queda en mi intimidad”, dijo. Y dejó entrever que no busca exposición. “No soy una persona que busca likes. Ese no es mi estilo”, añadió, en una frase que suena más a distancia que a defensa.
Pero si hubo un punto donde la voz cambió ligeramente, fue al hablar del perdón.
Lo mencionó sin rodeos.
“Lo pido honestamente, sabiendo que no hay que dármelo… pero lo pido todos los días”, afirmó, en referencia a la familia de la víctima. No intentó justificar. No habló de reparación, quizás porque sabe que hay cosas que no se reparan. Solo insistió en que su forma de vivir es, en sí misma, una expresión de ese arrepentimiento.
Antes de irse, dejó una idea que no pasó desapercibida.
Que su historia —“la historia completa”, como la llamó— pueda ser analizada en espacios académicos e institucionales. No como relato personal, sino como herramienta de aprendizaje. Como advertencia, quizás.
Treinta años después, la justicia cierra un capítulo.
Pero la memoria… esa sigue abierta.
Y en medio de ese espacio incómodo entre lo que fue y lo que viene, Redondo Llenas da su primer paso. Sin certezas. Sin guion.
Solo, como él mismo dijo, un día a la vez.
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