Esta vez no lo hace con medias tintas. Lo dice claro, directo y con tono de advertencia: podría imponer aranceles a los países que no cooperen con su plan de que Estados Unidos se haga con ese territorio estratégico del Ártico.
La declaración llegó este viernes, durante una reunión en la Casa Blanca. Sin rodeos. Sin especificar qué países pagarían el precio ni bajo qué marco legal se aplicarían esos impuestos a la importación. Pero el mensaje quedó flotando en el aire, pesado, incómodo. Y es que, la verdad es que Trump no es nuevo en este tipo de presión: cuando algo le interesa, empuja hasta el límite.
Groenlandia, territorio autónomo bajo control de Dinamarca, no solo ha rechazado la idea. También lo han hecho otros países aliados y buena parte de la clase política estadounidense, que observa con escepticismo —y preocupación— la posibilidad de una “adquisición” que suena más a pulso geopolítico que a negociación diplomática.
Mientras Trump hablaba en Washington, una delegación bipartidista del Congreso de EE. UU. recorría Groenlandia. Once legisladores, republicanos y demócratas, viajaron hasta la isla con una misión clara: escuchar a la gente y, como dijo el senador Chris Coons, “bajar la temperatura”. No fue un viaje simbólico. Se reunieron con autoridades locales, con parlamentarios groenlandeses y también con la primera ministra danesa, Mette Frederiksen.
Y es que Trump insiste. Repite que Groenlandia es “vital para la seguridad nacional” de Estados Unidos. Incluso ha llegado a decir que Washington la obtendría “por las buenas o por las malas”, una frase que, aunque ambigua, ha encendido alarmas en Europa. Dinamarca ha sido tajante: cualquier acción militar significaría el fin de la OTAN tal como la conocemos.
La isla, aunque poco poblada, es rica en recursos naturales y está ubicada en un punto clave entre Norteamérica y el Ártico. Es, en términos simples, como una torre de control natural para sistemas de alerta temprana y vigilancia marítima. Estados Unidos ya mantiene allí más de 100 militares en la base de Pituffik, operativa desde la Segunda Guerra Mundial. Además, los acuerdos con Dinamarca permiten desplegar más tropas si así lo decide Washington.
Pero Trump va más allá. Habla de “apropiarse” del territorio para protegerlo de posibles amenazas rusas o chinas. Europa no lo ve igual. Francia, Alemania, Suecia, Noruega, Finlandia, Países Bajos y Reino Unido han mostrado respaldo a Dinamarca y, en algunos casos, ya han enviado tropas en misiones de reconocimiento. El presidente francés, Emmanuel Macron, incluso anunció el envío de recursos terrestres, aéreos y marítimos.
Desde Groenlandia, el mensaje es otro. Más humano. Más prudente. La diputada Aaja Chemnitz lo resumió con una frase que suena a resistencia tranquila: “Necesitamos amigos. Necesitamos aliados”. Y añadió algo que dice mucho del momento actual: “Es una maratón, no una carrera corta”. Porque, y es que, la presión estadounidense no es nueva. Viene desde 2019 y, según ella, cambia casi hora tras hora.
En paralelo, el debate también se libra en el Congreso estadounidense. Hay proyectos de ley para bloquear cualquier intento de anexión… y otros, impulsados por republicanos, que la respaldan abiertamente. La división es evidente.
Desde la Casa Blanca, el enviado especial para Groenlandia, Jeff Landry, aseguró que “el presidente habla en serio” y que la clave está en llegar a un acuerdo directo con los líderes groenlandeses, no con Dinamarca. Según Landry, Trump ya dejó claro lo que quiere y ahora corresponde a su equipo cerrar el trato.
Sin embargo, funcionarios daneses aseguran que nunca se ha hablado formalmente de enviar tropas estadounidenses para tomar la isla. Aun así, no bajan la guardia. Su postura es clara: si Trump lo dice, es porque lo piensa.
El pulso continúa. Y Groenlandia, silenciosa y helada, se ha convertido en el centro de una partida donde cada movimiento cuenta… y donde los aliados miran de reojo, conscientes de que el equilibrio puede romperse en cualquier momento.
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