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Jánico

Rafael Leónidas

Por Lincoln López

Tronara, lloviera o venteara, todas las mañanas de lunes a viernes, invariablemente, Rafael Leónidas traspasaba el umbral del viejo edificio público como un empleado más en una oficina del gobierno. En esos tiempos del  “Jefe” todo el mundo era puntual. Dictatorialmente puntual; y, Rafael Leónidas, no era la excepción.

Se podía apostar “peso a morisqueta” que cuando sonara en horas de la mañana el pito de “la tabacalera” de Santiago de los Caballeros, toda una legión de hombres y mujeres mansos y adocenados por un sistema político tiránico, estaba en su puesto de trabajo.

Preparaba siempre igual su jornada de trabajo: primero, ordenar el papeleo de siempre, y segundo, leer el periódico que llegaba tempranito desde la capital: noticias de primera página, las deportivas y en el caso particular de nuestro personaje, un lector fanático de las predicciones de su signo zodiacal: Escorpión. Para los nacidos entre el 22 de octubre (cercano al natalicio del “Generalísimo”) al 22 de noviembre.

La profecía para ese día auguraba: “Alguien pudiera encontrar sus ideas demasiado fantásticas, ya que el romanticismo y su ins­piración serán hoy sus mejores compañías. Evite a los que puedan bloquearle”. El mensaje lo envalentonó. No era para menos. Ese día era viernes y además, coincidía con el pago mensual.

Se necesitaba algo más que llamarse Rafael Leónidas para obtener mejoría económica y social. Además, era un hombre sin abolengo. Nacido y criado en la ciudad. Con estudios medios y algo de estudios de contabilidad. Debió tener muchos sueños y casi todos truncados. Nunca se enganchó a la guardia ni tuvo vocación para la política. Un muchacho primero, y hombre después, común y corriente.

A sus frustraciones personales habría que sumarle los años en el mismo cargo, sin un ¨merecido ascenso¨, la falta de un “buen padrino” que le mejorara su mísero sueldo. Comentaron una vez sus amigos de infancia, que soñaba ser pelotero, una actividad en esos tiempos más romántica que económica… De repente y desde su escritorio a nuestro hombre le brillaron los ojos color azabache y murmuró:

“Ya sé lo que voy a hacer”, mientras el teclear sonido de las máquinas de escribir preñaba el ambiente. “Me voy a pegar unos cuantos tragos para despejar la mente. El mejor sitio para beber es el balneario La China, allá a orillas del río Yaque… Total, los “cuaitos” ya están hechos….Y una vez en la vida no importa”.

Mientras el pito de La Tabacalera anunciaba las doce del mediodía,   un hombre desesperado desaparecía fundiéndose entre el hormiguero de gentes de la calle Del Sol, para ir a  “beberse” su presente y el futuro de los suyos.


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