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La belleza es el valor que aporta el arte

Ingrid González de Rodríguez.

Todas las sociedades humanas han revelado su idea del ser y del mundo por medio del arte. Y aunque el arte no contribuye a la satisfacción de las necesidades básicas de la vida, ya que la humanidad, que no sobreviviría  sin alimentos, sin vestidos, o sin viviendas, podría perfectamente vivir sin arte. Sin embargo, el anhelo de expresarse a través del arte es algo tan profundamente humano que desde la Prehistoria se ha manifestado continuamente en todos los rincones de la tierra.

No ha existido un solo pueblo en la historia, por muy escasa que haya sido su existencia material que no haya hecho arte, y aunque no es sencillo precisar con exactitud unívoca que se entiende por arte, en sentido amplio, se trata de una actividad creadora voluntaria del ser humano, que busca por encima de todas las cosas, la belleza.

Taranilla (2014, 15) explica el concepto del arte como creación humana voluntaria que tiende a producir obras con fin de belleza: “En principio, se trata de una actividad creadora del ser humano, bien como individuo o bien en el conjunto de un grupo (escuela) o comunidad. No obstante, el arte tiene que responder a premisas universales, que dependen de cada época y se hallan determinadas por factores históricos, sociales, económicos, y religiosos. Pero además, una obra de arte debe cumplir ciertos parámetros: entre otros, la calidad, la innovación u originalidad – es decir, su aportación a la historia del arte – y por encima de todas las cosas la belleza”.

La belleza es el valor que aporta el arte. Su conceptualización es abierta, pues la belleza nunca ha sido definida satisfactoriamente a pesar de los trabajos de generaciones de estéticos.

No obstante, de la variedad de los recorridos realizados por la Estética como disciplina filosófica que estudia el arte, desde las diversas perspectivas en que ha sido abordada la belleza en diferentes época, esta nunca se ha visto exenta de su carácter peculiar y no del todo inasible.

“Definir la belleza es imposible e insatisfactorio al mismo tiempo. Decir como se ha dicho que lo bello se basa en la armonía y la simetría, o que se trata de un sentimiento subjetivo, o que es el resplandor del bien es manifestar la indefinición del concepto.  En su crítica del juicio, Kant afirma que “es bello lo que complace universalmente sin concepto”. Pero esto no quiere decir que todos coincidamos en estimar hermosas las mismas cosas, sino más bien, que solo llamamos “bello” a lo que sentimos que debe ser considerado así por todo el mundo. Si el concepto es lo que sirve para identificar y explicar una realidad determinada, afirmar que lo bello no tiene concepto significa que no tenemos un criterio seguro y unívoco para identificar y evaluar la belleza. Podemos identificar conceptualmente un cielo y un templo dórico, pero no tenemos una regla o un modelo que nos permita establecer si el cielo y el templo son hermosos, ni en que medida lo son, ni porque lo son”.  Ciertamente, lo que determina el valor de la obra artística no depende del tema o contenido, o de sus referencias formales, sino que deviene de una característica esencial del arte: “el tener una finalidad inmanente, es decir, una finalidad en sí”. La obra de arte no tiene otra meta que su contemplación o goce estético. El fin de la obra artística es producir la emoción estética.

“Una rama de almendro florido dibujada por una gran artista puede ser una obra de arte, tanto como pueda serlo un poema inspirado por una carroña abandonada en medio del campo. La rama de almendro, si se cumplen las premisas de inspiración artística, no será entonces una mera copia, sino un símbolo de la belleza de todas las ramas de almendro florido del mundo; y el poema en vez de ser la descripción de un espectáculo macabro o repugnante se convertirá en un poema filosófico sobre la fugacidad del tiempo. De ahí que para formar un juicio de valor crítico en arte se deba prescindir del concepto personal del ideal estético. Lo que fue belleza para Homero, no lo fue para Poe, Rafael no es Durero, como Miguel Ángel no es Fidias; pero todos ellos trabajaron para la vitalidad y esplendor del arte, Y enriquecieron con sus creaciones individuales la tradición artística general de la humanidad”.

“Las principales manifestaciones del arte son las llamadas Bellas Artes, en cuyo número se suelen incluir la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la poesía y, frecuentemente, la danza. La arquitectura emplea masas y proporciones, con fines generalmente utilitarios; la escultura usa iguales medios de expresión, pero con propósito esencialmente figurativo; la pintura se vale de proporciones, líneas y colores. Estas tres artes se llaman artes plásticas o del espacio, a diferencia de la música y la poesía, cuyas obras no ocupan lugar, sino que se desarrollan a lo largo del tiempo; por eso reciben el nombre de artes del tiempo, y también artes rítmicas por ser en ellas el ritmo esencial factor expresivo. En la música el ritmo se aplica a combinaciones de sonidos, y en la poesía a las palabras. En la danza intervienen a la vez elementos plásticos -masas corpóreas- y rítmicos -movimientos distribuidos en el tiempo”.

Dentro de la actividad general del arte se ha elaborado una clasificación, que integra varias tipologías. Dorfles (1959, 81- 219) especifica seis artes:

“I. Las artes visuales (arquitectura y diseño industrial, escultura, y pintura)

II. La música.

III. El teatro.

IV. La danza.

V. Las artes de la palabra.

VI. Cinematógrafo, fotografía, audiovisuales, y ficción científica (ciencia ficción)”.

Hoy día, agrupar la pintura, la escultura, la arquitectura, el dibujo, la Fotografía, el Grabado, el Cine, la Serigrafía, el Diseño, el Videoarte, la Instalación, etc., bajo la denominación de “artes visuales”, es un uso reciente. Se adecua a la revolución total que ha experimentado el arte contemporáneo al unísono con los avances científicos y técnicos y las nuevas corrientes del pensamiento filosófico del mundo contemporáneo.

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