La tensión entre Hungría y Ucrania escaló este viernes cuando el ministro de Exteriores húngaro, Peter Szijjarto, anunció que Budapest está bloqueando un préstamo de 90.000 millones de euros de la Unión Europea destinado a Kiev. La razón: Ucrania interrumpió el 27 de enero el flujo de petróleo ruso a través del oleoducto Druzhba, la arteria energética que atraviesa territorio ucraniano y que abastece tanto a Hungría como a Eslovaquia.
«No cederemos a este chantaje», escribió Szijjarto en la red social X, acusando a Ucrania de bloquear el tránsito en coordinación con Bruselas y la oposición húngara, con el supuesto objetivo de desestabilizar el mercado energético del país antes de las próximas elecciones y disparar los precios del combustible.
El canciller también señaló que con esta medida Ucrania viola el Acuerdo de Asociación firmado con la UE, incumpliendo compromisos que adquirió con el bloque. Desde Budapest insisten además en que la suspensión fue «una decisión política» del propio presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ya que técnicamente no existe ningún impedimento para reanudar el suministro.
Represalias en cadena
La respuesta húngara no se limitó al bloqueo financiero. Un día antes, el jefe de gabinete del primer ministro Viktor Orbán, Gergely Gulyás, advirtió que Budapest estudia cortar el suministro de gas natural y electricidad a Ucrania si Kiev no restablece el flujo de petróleo. Y el ministro Szijjarto ya había confirmado que el diésel húngaro dejó de cruzar la frontera hacia territorio ucraniano.
La situación se complicó aún más cuando Eslovaquia se sumó a las represalias. La refinería Slovnaft anunció la suspensión total de sus exportaciones de diésel a Ucrania, redirigiendo toda su producción al mercado interno. El primer ministro eslovaco, Robert Fico, aclaró que el Gobierno liberó 250.000 toneladas de sus reservas nacionales para garantizar el abastecimiento interno y descartó cualquier riesgo de escasez de combustible en el país.
Un conflicto con historia
El trasfondo de esta crisis tiene raíces en el verano pasado. Entre finales de agosto y principios de septiembre de 2024, el ejército ucraniano realizó varios ataques con drones y misiles contra el oleoducto Druzhba en suelo ruso, provocando la interrupción del suministro a ambos países. Zelenski restó importancia a las consecuencias de esos ataques, lo que generó una fuerte reacción de Budapest y Bratislava, que prometieron que las acciones de Kiev «no quedarían sin respuesta».
Ante la situación, Hungría y Eslovaquia solicitaron a Croacia que permita el transporte de crudo ruso a través del oleoducto Adria como ruta alternativa, mientras la Comisión Europea presiona a Ucrania para que presente un calendario de reparaciones del Druzhba.
La apuesta de Orbán por la energía rusa
Esta crisis pone de nuevo sobre la mesa la posición singular de Hungría dentro de la UE. El gobierno de Orbán ha repetido en numerosas ocasiones que el país no puede prescindir en el corto plazo del gas y el petróleo rusos, y se opone frontalmente al plan del bloque de eliminar las importaciones energéticas rusas antes de 2027. En febrero, Budapest llegó incluso a presentar una demanda ante el Tribunal de Justicia de la UE para intentar anular esa prohibición.
La rama sur del Druzhba, que cruza Ucrania, es la única vía por la que llega crudo ruso directamente a Hungría y Eslovaquia. El ramal norte, que abastecía a Polonia y Alemania, ya fue clausurado como consecuencia de las sanciones europeas impuestas a raíz de la guerra.
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