No fue una homilía más. O al menos no se sintió así. En medio de cantos y silencio, de miradas que a ratos parecían introspectivas, la Catedral Santiago Apóstol se convirtió en algo más que un templo: en un espacio de reflexión para un oficio que hoy camina entre la presión, la inmediatez… y la responsabilidad.
En el marco del Día Nacional del Periodista, el Colegio Dominicano de Periodistas (CDP), seccional Santiago, celebró una misa de acción de gracias. Pero lo que marcó la jornada no fue el protocolo, sino el mensaje.
Monseñor Andrés Amauri Rosario Henríquez, obispo auxiliar del Arzobispado de Santiago, habló con una claridad que no dejó mucho espacio para interpretaciones. Invitó —más bien exhortó— a los comunicadores a ejercer su labor desde la verdad, la ética y, algo que a veces se pierde en la rutina diaria, el amor al prójimo.
“Ser puente y no ruptura”, dijo. Y la frase quedó suspendida, como si cada quien la procesara a su manera.
La verdad es que en tiempos donde una palabra mal colocada puede incendiar una conversación completa, ese llamado no suena menor. Porque el lenguaje —ese recurso cotidiano— puede ser refugio o puede ser herida. Puede abrir puertas… o cerrarlas para siempre.
El obispo fue más allá. Habló del tono, de la actitud, de la intención detrás de cada mensaje. Porque no es solo lo que se dice, sino cómo se dice. Y es ahí donde, según explicó, se juega gran parte del impacto de la comunicación.
Además, trajo a colación una idea del papa Francisco que resonó con fuerza: el periodista necesita coraje. Pero no cualquier coraje. No el de la confrontación fácil, sino el que permite escuchar con el corazón, hablar desde la verdad y resistir la tentación del odio y la mentira.
Un mensaje profundo. Pero también necesario.
Desde otro ángulo, más terrenal y directo, el secretario general del CDP en Santiago, Carlos Arroyo Ramos, puso sobre la mesa una preocupación que muchos comparten, aunque no siempre se diga en voz alta.
Describió el momento actual del periodismo como “triste y peligroso”. Y no lo hizo por dramatizar, sino por lo que —según explicó— se está viendo en la práctica: el uso del micrófono y la pluma como herramientas de ataque personal.
“La difamación se ha disfrazado de opinión libre”, advirtió.
La frase, corta pero contundente, retrata una realidad que se repite en distintos espacios. Arroyo Ramos insistió en que el derecho a informar no puede confundirse con el derecho a destruir. Y es que, cuando esa línea se cruza, el daño no es solo individual… termina afectando a toda la profesión.
Además, hizo una pausa en un tema que ya es imposible ignorar: el impacto de las plataformas digitales. Sí, han democratizado la información. Sí, han abierto oportunidades. Pero también han permitido —como señaló— que surjan figuras que, sin formación ni compromiso ético, se autodefinen como periodistas.
Y es que tener un celular no es lo mismo que tener criterio.
Al final, la jornada dejó una sensación extraña, pero necesaria. No fue una celebración ligera. Fue, más bien, un recordatorio.
De que el periodismo no es solo contar historias.
Es decidir cómo se cuentan.
Y entender que, en cada palabra, hay una responsabilidad que no siempre se ve… pero siempre se siente.
📌 Nota elaborada con datos del periódico La Información.
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