Lincoln López
Marzo es el mes nacional e internacional del Teatro. Por lo tanto, es tiempo de compartir con colegas para celebrar y apoyar todas aquellas programaciones preparadas al efecto, que tiendan a elevar el nivel cultural de nuestro pueblo.
Reciban, pues, mis sinceras congratulaciones y mis respetos, todos los teatristas dominicanos, a los de ayer y a los de hoy, actores y actrices, dramaturgos y directores, escenógrafos y técnicos…en particular, aquellos que entregaron sus talentos artísticos con desinterés y con un alto sentido de la ética y estética contribuyendo a edificar una mejor nación.
Debo también testimoniar mi rechazo al descuido y barreras históricas contra el teatro, salvo contadas excepciones. En unos casos han sido vulgares represalias públicas y privadas, impidiendo frenar la formación plena de la identidad ciudadana, y, en otros, “cortinas de humo” o disfraces desde lujosos edificios construidos para deslumbrar, para satisfacer más bien la vanidad y donde muchos pisan artificiosamente las alfombras rojas mientras el pensamiento crítico decrece. Aquí parafraseo al poeta Rubén Suro: “¡Qué cubre sus desnudeces con trajes de celofán!”.
La historia de nuestro teatro nos enseña la fluctuación y desvanecimiento de las tendencias teatrales por diversas razones. Una investigación muy calificada es la que nos presenta la escritora y doctora en Filología, Bienvenida Polanco Díaz en su texto “Clásicos en la Literatura Dramática Dominicana” (2016)… Muchas de ellas fueron fruto de las circunstancias históricas… pocas con raíces donde fructificaran sus interesantes propuestas artísticas.
Sin embargo, en cualquier circunstancia el teatro dominicano ha tenido una presencia y un compromiso a lo largo de su existencia con nuestra sociedad. Sea el símbolo clásico y conocido del compromiso social, el asumido teatral fue el Entremés de Cristóbal De Llerena (1588). La historia registra una repetida muestra de solidaridad social.
Imposible olvidar cuando en diversas épocas más cercanas, el pueblo tomó la iniciativa de difundir sus angustias y esperanzas esparciendo el teatro popular por casi toda la geografía nacional los clubes culturales, las poesías coreadas, los talleres teatrales, las escuelas de arte, espacios físicos para teatro sin ayuda oficial de privada.
“A esos héroes sin nombre” (Poema de Federico Bermúdez) de donde surgieron muchas de las primerísimas figuras del teatro, sin más herramientas que su amor del arte y compromiso con su pueblo… A esos, algún día, los historiadores e instituciones deberán justipreciarlos en su verdadera dimensión.
El teatro ha sembrado en tierra fértil y su compromiso ha sido siempre estar junto al noble y generoso pueblo dominicano.
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