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Jánico

El dominicano y su bulla

César Nicolás Penson Paulus
El ruido es parte de la vida moderna dominicana, incidiendo de alguna manera, sobre el ánimo y la psiquis de la gente. El criollo es bulloso en esencia y su ruido no cumple estrictamente con la definición del diccionario, que dice: “bulla: ruido confuso de gritos y voces producido por unas pocas personas, generalmente en un lugar cerrado”. La bulla criolla es endémica, posesiva, creciente y de potencia extrema.

Especialmente ahogado en música alta, de cuestionable calidad y si posible soez, irrespetuosa, vulgar y estridente, vive el criollo. La tecnología sónica ha estado, lamentablemente, al servicio de esa vulgaridad arropante que pretende convertir en “arte”, instintos primitivos, escudándose en la cadencia y ritmos, propios del dominicano. El irrespeto a la mujer, la exaltación de lo lascivo, superficial y contra valores, es la norma. No hay dudas de que los ritmos africanos venidos al trópico al través de la esclavitud del hombre primitivo forzado, del tam-tam, del tambor, del ritmo ancestral, forman una estructura de cadencias místicas, que hacen mover el esqueleto de manera rítmica e involuntaria.

Parecería existir un órgano perceptor, no descubierto por la ciencia, que conecta las vibraciones musicales del poder del ritmo caribeño, con el entramado sensorial que gobierna el baile del dominicano. Lamentable la pretensión de andar con un artefacto de potencia sónica que afloja dientes, dentro del reducido espacio de un vehículo de motor, para producir efectos que alteran, con niveles de sonido por encima de los que el sistema auditivo permite. No se aplica el “eso da pa tó, eso no se rompe”. Aquellos que creen que la música alta es un derecho y que si se produce en mi propiedad puedo ejercerlo como quiera, no entienden que esas ondas sonoras traspasan la propiedad ajena. Olvidan que el respeto al derecho ajeno, es la esencia de la paz.

Las orquestas compiten en esos “ruidos” y no existe en dominicana un instrumento musical que pueda apreciarse en su potencia natural. Hace falta el “amplificador” hasta para el reivindicado güiro, la clave y cualquier otro, produciendo una masa sónica ocasionadora de daños irreversibles. Al mezclar la música, con el espíritu embriagante de las bebidas, se produce un efecto de embotamiento de sentidos, que se compensa aumentando el volumen, sobre todo de notas bajas, que alcanzan increíbles distancias y especiales efectos no previsibles.

Ahora cualquier “bocinita” produce niveles increíbles de fidelidad y nivel, que hace contraste con la falta de responsabilidad del que la malusa. La Policía Nacional, tan comúnmente ausente y otrora tan activa confiscando equipos, hoy parece haber eliminado los departamentos que hacían cumplir las normas contra ruidos innecesarios, sea de música, Iglesias, actividades diversas y en su tiempo la política. No hay dudas de que con esa estructura cultural musical, terminaremos siendo un país de sordos.
Fuente: El Caribe

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